La Estafa de la Mona Lisa

Antes de que lean este post voy hacer un par de aclaraciones. Todo lo que opino aquí está sujeto a apreciaciones sentimentales, históricas y personales. Dicho en criollo, voy a decir lo que se me canta y eso no me hace ni crítico de arte, ni historiador o arquitecto, solo soy un simple opinólogo que cuenta una experiencia pura y exclusivamente personal.

Y lo aclaro acá por que cuando suelo contar alguna de estas anécdotas, entre mates o cervezas, recibo la crítica de quienes ignoran cualquier propósito del viaje que vaya más allá de la foto y solo quieren ver lo que los folletos te dicen que hay que ver.

Uno dice -”Me voy a París”- y automáticamente cualquiera lo puede asociar con el glamour, la moda, los bares en calles empedradas, caminar junto al Sena mirando pinturas de artistas callejeros como esperando encontrar al futuro Van Gogh o Rembrant, tomarse un vino sentado en un parque junto a la torre Eiffel y por supuesto la foto que inmortalice ese momento, la música del acordeón y los mimos en todas las esquinas.

Y quizás sea mi ojo crítico, o solo por que soy un boludo suelto por ahí, pero lo que me interesa encontrar en cada viaje es ese sector “decadente” de la sociedad, esa foto que no te muestran en la agencia de tour.

Me causa gracia ver que te venden paseos por el Río Sena y automáticamente me sale el orgullo tercermundista y pienso -”Esto es una muestra gratis de un río. El de La Plata es un río de verdad, donde la costa de enfrente se encuentra al otro lado del horizonte.”- Pero bueno no voy a negar que tiene su encanto y me dedico a buscar esas imperfecciones que hacen especial al viaje.

Un poco menos convencional y más atractivo para mí fue pasear por las calles aledañas al Moulin Rouge, y no por el hecho de que haya cabarets o sex shops por todas partes, sino porque ahí comienza otra cara de París alejada del turismo. Hay gente que va y viene por todos lados, promotoras de los locales seduciendo para que entren (en especial si ven que sos turista), calles rotas y mal empedradas, edificios desgastados, locales de comida callejera para el ciudadano corriente, estudiantes en las plazas. Ahí es donde podía sentir que estaba en los suburbios arrabales de París. Y no me extrañaba ver que la parte más céntrica de este caos “la Zona Roja” desemboca en el Sacré -Coeur. Bueno hubo que disimular y pusieron un poco de burguesía unas cuadras antes para que no se note.

Y qué pasa si te digo que cuando fuí a visitar Notre-Dame me llamaron más la atención sus Gárgolas que el campanario mismo. Y es que me llama la atención como de un elemento que sirve para desagotar los techos de la catedral nace una leyenda tan oscura y representante de la cultura gótica.

Su origen como ‘Gárgola’ viene de la palabra ‘gargouille’, que se suele asociar a ‘garganta’ y aquellas estatuas que expulsan agua por sus bocas. Sin embargo, su etimología nació de una antigua leyenda llamada La Gargouille, es la historia de un dragón que aterrorizaba a los habitantes del pueblo Rouen.

Según cuenta la leyenda, durante siglos el dragón tragaba los barcos e inundaba el pueblo, hasta que un día llegó un sacerdote llamado Romanus que decidió derrotar al dragón solo si el pueblo se convertía al Cristianismo. Romanus venció a La Gargouille haciendo el signo de la cruz, enterró su cuerpo y la cabeza fue expuesta afuera de la iglesia, para espantar a otros dragones.

Si bien las gárgolas tienen un uso práctico desde su masificación a partir del siglo XIII como desagües decorativos, también tenían fines ideológicos-místicos. Las figuras representaban la maldad, los demonios y el dolor para quienes tuvieran que pagar sus pecados en la vida post muerte. De esta forma, los creyentes verían el interior de la iglesia/catedral como la salvación.

Las figuras que hoy en día adornan Notre Dame, son una mezcla de varios animales fantásticos que ni siquiera cumplen funciones de ‘gargola’. Hay una quimera es solo un adorno, esculturas grotescas, un wyvern -pequeño dragón de dos patas- y un Styrga o ‘gárgola que escupe’.

La principal leyenda en torno a las esculturas fantásticas de la catedral parisina, dice que tras el asesinato de Juana de Arco -acusada de herejía y póstumamente beatificada-, las gárgolas despertaron y bajaron a aterrorizar a la ciudad.

Quizás fue la publicidad engañosa que al llegar las cosas no se ven como te las venden.

Recuerdo el día que fui al Louvre, museo al que le deberías dedicar un día por cada piso para disfrutar de casi toda su obra y no sé si me quedo corto. Y es que hay pinturas, esculturas, reliquias, hallazgos arqueológicos, monumentos, paredes repletas de cuadros, algunos tan arriba que no se llegan a apreciar y otros tan pequeños que se pierden en la multitud. Uno empieza a priorizar lo que quiere ver y descarta otras tantas cosas que desconoce. Y después de varias vueltas, de pasar al lado de obras que no me detuve a apreciar, atravesar muros de personas amontonadas para sacar fotos, llegar a encontrarme con una barrera que me dejaba a tres metros de la obra más famosa del museo “La Gioconda”.

Esa obra de DaVinci que usaron en cantidad de publicidades, películas, gags y meme, en cuanto libros escolares se te ocurran. Es probable que sea tan explotada esa imágen, que la hayas conocido antes que saber quien fue DaVinci

Y mientras la gente se amontona y te empuja para sacar fotos yo pensaba -”Pero que cagad***”- no perdón -”Que desilusión”-. Vi posters más grande que ese cuadro, y si bien no era importante que tan grande sea, pero ahí en el fondo, detrás de un vidrio, con un guardia que a veces se interpone, sumado a una masa boba que se amontona como a la salida del tren en plena hora pico, realmente no se luce para nada y me dejo con un gran sabor a poco. Creo que Leonardo podría tener mucho mejor reconocimiento por otras obras de mayor impacto. Me fui de esa sala tratando de contemplar el resto de las obras que no debieron desmerecer mi apreciación desde un principio. Esto me demuestra que las cosas más bellas siempre están fuera del folleto de lo que te quieren mostrar.

Y por qué les cuento esto así, dejando esa sensación de no haber disfrutado lo que vi, pero al contrario disfruté de cada paso que dí ya que haber encontrado esas imperfecciones en la ciudad del glamour, la moda y el amor, hizo que el viaje sea más bello y no una simple foto para el recuerdo.

Quizá sea casualidad o no que una marca como un Boludo que viaja por el mundo en ese día caluroso fue una foto muy cuestionada donde se me ve sentado en una de las fuentes a la salida del Louvre con mis pies en el agua, como si hubiese querido reafirmar todas estas “vulgaridades” que cuento en un simple acto por disfrutar de una buena tarde de verano. Y voy a dejar que entre charlas me preguntes por que al volver al departamente mis pasos sonaba “Tap, Chaplaf, Tap, Chaplaf, Tap, Chaplaf…”.

Quizas esto les de una pista

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Ya está a la venta “CUARENTENA, una historia en alta mar”.

Cuando el mundo se detuvo por un virus, nosotros quedamos atrapados en el mar. Navegando por los mares de Europa y el caribe con la incertidumbre de no saber cuándo volveríamos a pisar tierra. Mandame un mensaje por mail hola.unboludoporelmundo@gmail.com y te lo envío de forma digital para que lo puedas leer desde cualquier plataforma. Si querés saber más hacé click en la foto para leer el primer capítulo

Buenas vibras!

Andrés.


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