Perú: una aventura en alturas

Cuando empecé a escribir las primeras líneas sobre el viaje por Cusco y sus alrededores sentí que estaba armando una simple guía de viajes y pensé -”hubo una persona que le puso muchísimo más sentimientos que yo ¿Por que no le pregunto a ella que le pareció?”-.

Así que le mandé unos mensajes, le pregunté si le gustaría escribir sobre el viaje y me dijo “Obvio”.

Los dejo con Mara para que les cuente un mismo viaje, con distintos puntos de vista


Fue la primera vez que compré un pasaje y que armé la mochila de viaje. Fue el primer viaje sola y a fuera del país. La primera vez que me subía un avión.

Así empezó la aventura de nuestro viaje a Perú. Sí, en la línea anterior dije que fui sola pero, en realidad, éramos dos, Andrés y yo. Pero bueno, tampoco éramos muchos. Él ya tenía mucha experiencia en viajes, hace casi 10 años que cada verano tiene un nuevo destino, y eso me dejaba tranquila. Perú siempre fue mi destino más anhelado. De chica dije que mi primer viaje iba a ser a las ruinas de Machu Picchu después de haber visto un documental en la tele. Y lo fue. No me voy a olvidar el día que vino Andrés (“Andi” para mí) y me dijo “Che, en invierno me voy a Perú” y automáticamente le contesté “Voy con vos”. No sé si estaba dentro de sus planes viajar con compañía pero me invité sola a ser parte de esa travesía, era la mejor oportunidad y no la podía dejar pasar. 

Una tarde calurosa de febrero, entre mates y facturas, sacamos los pasajes. Me invadía una alegría desaforada, todo estaba sucediendo, iba a viajar al destino que tanto había querido, sin mis viejos, sin mi novio, sin amigas. Éramos él y yo. No recuerdo si fue ese mismo día o algunos después que reservamos las entradas para el Machu Picchu y el Huayna Picchu. Todo fue una locura.

Pasaron cuatro meses hasta que llegó el día tan esperado. Unos días antes del vuelo, empezó la complicada logística de cómo armar la mochila. “No agregues nada que pese más que una cucharita” me recomendó Andrés. Ok, implementé todo método e ideología minimalista para llevar exclusivamente lo esencial y no encapricharme con nada que pudiera complicarme la existencia después. Debo decir que fue la única vez que logré llevar realmente lo necesario. Cuando lo quise repetir no me salió.

Una vez en el aeropuerto, llegó el momento en el que iba a conocer que había del otro lado de la puerta de embarque, puerta que siempre me llamó la atención. Bueno, honestamente no había nada romántico. Extensas colas, grandes escáneres, gente nerviosa y, más adelante, sillones en los que esperaría unas largas dos horas. 

Ya casi desvanecidos por aburrimiento en el sillón comienza nuestro embarque. Por la ventana podía ver la semejante bestia a la que nos íbamos a subir (no lo aclaré pero realmente le tenía miedo al avión). El despegue fue increíble, nunca sentí algo igual. Era como estar dentro de un simulador de una nave de Star Wars. La imagen de la noche iluminada del Gran Buenos Aires fue una postal de película.  

Después de cuatro horas, llegamos a Lima, donde nos esperaron ocho interminables horas de escala hasta tomar el próximo vuelo que nos llevaría a Cuzco. Ese día llovía y estaba nublado pero, cuando el avión tomó altura, sobrepasó una capa de nubes y un gran sol resplandeciente apareció en el cielo. Jamás voy a olvidar esa imagen y la sensación que vino con ella. “Estoy donde tengo que estar” pensé. El mar de nubes teñido de un color naranja amarillento por la luz de la mañana es, sin dudas, de las imágenes más hermosas que vi.

El viaje a Cuzco fue rápido. No entraré en detalles de la secuencia de la salida del aeropuerto, los taxistas que quieren prácticamente arrancarte la mochila para llevarte, el caos del tránsito, etc. Sólo contaré que reservamos un hostel en la peor ubicación: había que subir un millón de escaleras así que, sumado a la falta de aire y el cansancio del viaje, decidimos quedarnos en el primero que se nos apareció en el camino y perder la reserva.

Por las calles de Cusco

Así empezó nuestra travesía en Perú. Nuestro primer destino fue Machu Picchu. En la ciudad de Cuzco reservamos los traslados hacia Aguas Calientes y el resto de las excursiones: Laguna Humantay, Valle Sagrado (Pisac, Ollantaytambo, Chinchero, Ruinas Maras y Ruinas Moray) y la montaña de los Siete Colores, excursión que fue cancelada al llegar al destino por fuertes nevadas y malas condiciones climáticas.

En este punto me interesa no centrarme en los detalles de cada destino, sino intentar transmitir apenas un poco de lo que significó este viaje. 

Partimos temprano hacia Aguas Calientes. Salimos por la mañana y muy abrigados, con frío y un poco de sueño, pero con la energía y las emociones a flor de piel. Déjenme decir que esta Maravilla del Mundo Moderno empieza ni bien uno se sube al micro. El viaje es increíble, las vistas que ofrece el camino son, sin duda, un paraíso. Las montañas más grandes que vi en mi vida, con muchísima vegetación que revela un color verde vivo, emergen al costado de la ruta que, a su vez, es acompañada con un pequeño río que por momentos se ensancha formando un gran caudal. A lo largo de la travesía, el paisaje va cambiando, las temperaturas se van elevando y no alcanzan los ojos para observar. El cálido sol entraba por las ventanas del micro y nos acariciaba la cara. El camino, sinuoso y serpenteante, me generó un gran malestar al principio del viaje pero después de algunas paradas técnicas (la presión en el piso y casi vomitar ¡Ja!) todo se solucionó.

Luego de seis horas de viaje, llegamos hasta la famosa Central Hidroeléctrica, el último punto a donde llega el micro. A partir de allí, son dos horas y media de caminata bordeando las vías de un tren para llegar a la ciudad de Aguas Calientes. El pasaje del tren es realmente muy caro pero, más allá de su valor, recomiendo hacerlo a pie. El camino presenta una vista impagable. Estás allí abajo, caminando al borde de una gigantesca montaña, atravesando el comienzo de la inmensa selva Amazónica, respirando el aire quizás más puro que respirarás en tu vida, acompañado de un río muy ancho que se acerca constantemente a la vía del tren, y un clima tropical que abraza. Ojalá pudiera encontrar palabras que puedan representar lo que significó esta parte del viaje. Frenar un rato en el camino y, una vez arriba en el Machu Picchu, ser consciente de la magnitud que nos rodea, del colosal silencio, de tener ante tus ojos un lugar mágico, hace que realmente nos replanteemos nuestra ínfima existencia en el espacio y en el tiempo. Si me preguntan qué me llevé de este viaje fue el silencio. Encontré en el silencio que ofrece este lugar una sensación de paz irremplazable, en la posibilidad de ponerle pausa a la rueda de la vida, y estar en el aquí y en el ahora. 

El viaje previo de seis horas hizo que el último tramo de la caminata cueste. El cansancio se sentía y se venía un día de mucho movimiento, físico y emocional. Como nuestra habilidad de elegir hospedajes no falla, nuestro hostel quedaba en lo más alto del lugar. Subimos ciento y pico de escalones (contados) pero valió la pena, porque a la mañana el hospedaje nos brinda una vista panorámica impresionante. 

Vista desde el Hostel en Aguas Calientes

Llegamos, nos bañamos, comimos y nos fuimos a dormir. Al día siguiente, nos despertamos a las cuatro de la mañana y a las seis estábamos adentro del Machu Picchu. Entramos corriendo con destino hacia la puerta de entrada al Huayna Picchu (recomendación de nuestros amigos Fabi y Sofi) que queda en el fondo de la ciudadela, para estar primeros en la fila para comenzar a subir. Imagínense que, si bien uno entra al Machu Picchu acompañado de una multitud de personas, el lugar está vacío. Así que una vez que llegamos a la entrada nos sentamos. Estábamos solos, contemplando el amanecer sobre el Machu Picchu frente a la Selva Amazónica, en silencio. No hay nada para pensar en ese momento, simplemente contemplar y respirar. “¿Sentís eso?” le pregunté a Andi. Es creer o reventar pero realmente sentía una vibración difícil de explicar. Una energía que recorría el cuerpo y el espacio.

Empezamos la agitada subida. Los escalones eran estrechos y desiguales, y la humedad de la mañana nos obligaba a ser muy cuidadosos. A medida que subíamos, la vista se hacía cada más increíble. La temperatura empezaba a subir. Es alucinante detenerse a pensar que hubo gente viviendo allí durante siglos. La visión desde la cima es imponente. Se puede ver la ciudadela entera, la ciudad de Aguas Calientes, la vía del tren, la central hidroeléctrica, la cadena montañosa, el río, absolutamente todo. Luego de descender, recorrimos la ciudadela con el sol del mediodía pegando fuerte y ya agotados de tantos escalones (¡Y los que todavía nos quedaban!). Todo es emocionante, maravilloso y sorprendente. Una experiencia que vale la pena tener. Una vez terminada nuestra recorrida volvimos al hostel y dormimos una siesta reparadora. Y para festejar el sueño cumplido nos regalamos una tarde de cervezas y papas fritas al lado del río,  y una charla cálida y reflexiva. 

Al otro día, nos levantamos temprano. Frescos y, con mucha energía, emprendimos la larga caminata de vuelta a la central hidroeléctrica. Esta vez no nos costó tanto y tardamos casi una hora menos que a la ida. La vuelta en el micro hacia Cuzco fue acompañada con un hermoso atardecer entre las montañas.

Dos días después de la experiencia del Machu Picchu, nos tocó visitar la laguna Humantay. Fue todo un desafío. La laguna se encuentra a 4200 m sobre el nivel del mar, pero para llegar se debe realizar un trekking de aproximadamente 1h 30 min que parte de los 3500m. ¿Por qué doy este dato tan preciso? Porque no hay aire. Fue realmente un camino muy difícil, por lo menos para mí. Cuesta respirar, la cabeza te juega en contra, hay ganas de llegar a la meta pero el cuerpo no da más. Tuve que frenar varias veces en el camino para tomar aire. Iba muy lento. Me quedé atrás. Llegué al punto de desesperarme, no poder respirar y entrar en pánico. El guía que nos acompañaba y Andi se arrimaron para tranquilizarme. Me acercaron oxígeno. Fue justo en ese momento, cuando pasó por al lado nuestro una señora mayor, colombiana, que estaba haciendo esta excursión con su nieta. Me vio y me dijo “tranquila, son las emociones que genera la montaña”. Empecé a llorar pero ahí entendí que había algo más. Fue mágico. Algo se desprendió, se aflojó y me permitió seguir. Finalmente, después de una caminata tan compleja, llegamos a la cima: una laguna azul nos esperaba, con picos nevados en el fondo. Era una postal. La satisfacción de haberlo logrado fue una sensación súper reconfortante. Fue una experiencia increíble y uno de los recuerdos más lindos que tengo de este viaje. 

Los días siguientes recorrimos todo el valle sagrado. Entre medio, tuvimos algunas tardes libres en las que nos dedicamos a conocer la ciudad. El primer día que fuimos al Valle Sagrado hicimos los siguientes pueblos: Pisac, Ollantaytambo y Chinchero. Recomendación: no compren un pack turístico. Las estadías en los lugares son realmente muy cortas. Como mucho se está media hora en cada lugar y es una pena. Sólo bajas para recorrer una ruina, sacarte una foto y te dejan en la puerta de los locales para comprar pavadas. Casi no te permiten recorrer los pueblos que ofrecen unos paisajes hermosos y cada uno tiene su particularidad. Hay micros o colectivos de línea que te llevan, o bien, siempre se puede conseguir algún taxi. Pero más allá de estos pequeños tips, nos tocó un día particular, llovía por momentos, pero al final de la tarde cerramos el tour con un atardecer increíble en el pueblo de Chinchero. Se encuentra arriba de una montaña por lo que la escena fue realmente hermosa. No había mucha gente así que nos acompañó el silencio de nuevo.

A la mañana siguiente, nos tocó hacer el salar de Maras y las ruinas Moray. Andi tuvo la excelente idea de faltar al tour que habíamos contratado y hacerlo por nuestra cuenta. En ese momento, se me jugaron todos los miedos. En Cuzco, caminamos por las afueras del recorrido “turístico” para llegar a la parada de colectivo, y todo cambió. La gente cambió, las miradas cambiaron. Los miedos de ser mujer y turista en un lugar que no es el tuyo se sintieron a flor de piel. Pero intenté relajarme y pensar que todo iba a estar bien. Ninguno de los dos iba a hacer algo que nos pusiera en peligro. Finalmente, en el colectivo conocimos a dos grandes “amigas” que nos acompañaron durante toda la tarde, Natalia e Iraida, dos chicas peruanas. Nati, estudiante de Psicología e Irai de Arquitectura, nos contó todo acerca de las ruinas mejor que el guía turístico del día anterior. Fue una tarde hermosa. El día nos acompañó y en ambos lugares había poca gente, por lo que pudimos recorrerlo tranquilos y a nuestro tiempo.

A la vuelta, nos tomamos lo que sería un “colectivo de línea”. Estaba completamente lleno. Había trabajadores, niños y niñas que volvían del colegio, mujeres con bebés. Éramos dos extranjeros metidos en el lugar más popular que habíamos conocido hasta ese entonces. La experiencia fue bastante rara y, por momentos, incómoda. Me sentí un poco observada y con miedo, pero confié plenamente en las dos chicas que nos estaban acompañando. La sororidad fue la calma de ese momento. Y por eso, hoy más nunca, afirmó la siguiente frase: “Siempre con las pibas”. Obvio que Andi también estuvo ahí, procurando que nada pasara. Pero fue interesante salirse de los circuitos turísticos y conocer algo un poco más desde adentro.

Última parada: montaña de los Siete Colores. Nos levantamos a las cuatro de la mañana, hacía muchísimo frío y estábamos agotados. Nos dormimos todo el viaje. Antes de algunas excursiones, como en el caso de la Laguna Humantay, teníamos un desayuno previo. Llegamos al parador y el clima estaba bastante feo. Había llovido durante toda la noche y en lo alto de la montaña había nevado. Estuvimos bastante tiempo desayunando, algo extraño porque en general nos suelen tener volando en todas las excursiones, y notamos que los guías iban de acá para allá. Finalmente, nos comunicaron que la salida se suspendía porque había muchísima nieve en la cima y no se podía subir. Por un lado, nos queríamos matar pero, por otro lado, una parte de mí estaba aliviada porque instantes previos me había venido y estaba muy segura que no quería encarar una subida con dolor de ovarios y falta de aire. Así que no me lamenté mucho.

Hay algunas anécdotas que nos marcaron el viaje. Entre ellas, la nueva identidad que nos asignaron. En las excursiones, cuando se contrata los traslados, pasa una combi a buscarte o, en algunas ocasiones, hacen un punto de encuentro en una plaza central. En el caso de esta segunda opción, el conductor te llama por tu nombre. Hemos estado unos buenos 15, 20 minutos esperando al lado de una combi, con el chofer a los gritos, sin darnos cuenta que era la nuestra, porque nunca anotaron bien nuestros nombres. En Perú, me rebautizaron como “María” y a Andrés, bueno, lo llamaron de mil formas posibles menos Andrés.

Andi lleva barba rubia larga y boina, parece un irlandés, y yo, bueno, no tengo mucho aspecto de latina que digamos pero soy 100% argenta, y entiendo poco y nada de inglés. Siempre nos encaraban en inglés y nosotros nos mirábamos completamente confundidos, pensando en qué estarán diciendo hasta que teníamos la posibilidad de decirle “Che, español”. Por ahí nos veían con el mate y asociaban que éramos argentinos pero pocas veces pasó.

Nunca voy a dejar de recordar el día que festejamos la llegada de Machu Picchu (o Laguna Humantay, recuerdo dudoso) con una pizza de rocoto, morrón y cebolla, y después subir 60 escalones hasta el hostel. Andi se ahogó con el rocoto, y yo después no me podía dormir porque el morrón y la cebolla cuestan digerir y encima me faltaba el aire. Una elección de cena bastante errada.

Otro hecho que marcó el viaje fue cuando descubrimos los mercados de comida. En ellos, vendían platos de comida local a muy buen precio, y podías encontrar verdulerías con frutas y verduras frescas y especias locales. En algunas, también había stand de artesanías y ropa característica del lugar. Allí descubrimos el mejor plato que comimos en todo el viaje que, de autóctono, no tenía nada: tacos de falafel del Medio Oriente hechos, ni más ni menos, que por argentinos. Sí, somos los peores viajeros del mundo. Y los comimos hasta reventar. A medida que caminábamos por los pasillos, los vendedores de los distintos locales no paraban de llamarnos e “invitarnos” a que nos acerquemos a comer, a mirar los menús, las artesanías, básicamente, a comprar algo. Es un buen lugar para trabajar la paciencia.

En fin, Perú fue sin dudas una de las experiencias más lindas que tuve hasta ahora en mi vida. Viajen. Viajen solxs, con amigxs, con sus novixs, con la familia. Pero viajen.

PD: Sanguchitos de tomate y queso como estilo de vida durante todo el viaje.


Primero voy a agradecerle a Mara por la buena onda y predisposición para escribir con tanto detalle y emoción. Si quieren seguirla es una excelente fotografa y pueden hacerlo en el siguiente link @mararosset. De hecho fue la fotógrafa oficial del viaje y de las mejores fotos de viaje que tuve.


Gracias por acompañarme en esta aventura, si te gustó no olvides compartir en tus redes sociales amigas. Suscribite a mi Instagram en la columna de la izquierda, para seguir mis viajes diariamente y no olvides dejarme un comentario aquí abajo.

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Buenas vibras!

Andrés.


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