Cierro los ojos y respiro

Me levanto a las 8:00 de la mañana y me preparo unos mates con unas tostadas, o galletas, o lo que tenga a mano. Mientras desayuno veo las paredes de mis vecinos a través de las rejas de mi ventana. Y pienso “¡Volví! Volví luego de seis meses de estar dando vueltas en un barco, seis meses de viajar por el Caribe, si miraba por la ventana estaba el mar, el sol, las playas y el horizonte. Pero ahora estoy de vuelta en casa”. Cierro los ojos y respiro. 

Es verano, me pongo ropa liviana, no creo que a nadie en la oficina le importe que no lleve aunque sea un jean. Miro la hora “Ya es tarde”. Bajo las escaleras, abro la puerta y me encuentro con la calle, no hay un solo árbol verde en la cuadra, pasan camiones, colectivos y muchos autos que van apurados a todas partes. Respiro el aire con dificultad

Camino por la vereda de una avenida muy transitada, de las más congestionadas en toda la ciudad. A mi costado negocios cerrados, clausurados o locales en alquiler. Piso alguna baldosa floja y me salpica con agua que se junta debajo, miro mi pierna manchada, “Me cago en todo”. Ya llegando a la parada, veo como se me van tres bondis, trato de alcanzar al último pero el sol de febrero me hace lento. No llego, definitivamente voy a llegar tarde, a nadie le va a importar. Cierro los ojos y respiro.

En el bondi vienen a mi mente recuerdos de los primeros días trabajando. Entré a trabajar en para las gráficas de un proyecto. La idea de un sueldo digno y trabajar en el estado siempre fueron tentadoras. Al principio se sentía confuso, los descansos y la hora de comida eran eternos, había días que llegaba y no sabía que tenía que hacer. No estaba acostumbrado a eso, en mis anteriores trabajos todo era frenético y estresante. La idea de un trabajo estable era tentadora, estaba cerca de casa, iba a tener mucho tiempo libre en la vida, pero se sentía cómodo. ¿En qué momento esa comodidad se hizo tan tóxica?

Ya habían pasado algunos meses cuando me llamó el Director a la oficina y me dijo “Felicitaciones, te vamos a pasar a planta permanente, ahora tenés trabajo asegurado de por vida”. “Uff” pensé yo “Esto es el resto de mi vida” ahora si estoy “estatizado”. 

Llego a la parada, me bajo del bondi, veo ese gran edificio de la Universidad.

Son las 9:45, atravieso el pasillo principal. Pasillo por donde supieron transitar científicos de un laboratorio petrolero y soldados de un centro de detención clandestino. Un camino que estuvo abandonado durante décadas. Hoy tiene pasado oscuro tallado en las paredes, pizarrones que escriben la promesa de un futuro mejor y ya están borroneados, ventanas rotas mientras el rector tiene su propio chofer. Aulas vacías esperando que lleguen futuros profesionales. Siempre sentí, al atravesar ese pasillo, como me iba sacando las ganas de afrontar el día a cada paso que daba. 

Llego al sector donde está mi oficina, transpiro por el calor, me caen gotas por mi espalda. Cruzo la puerta, cierro los ojos y respiro.

Puedo hablar de todos los que trabajamos ahí. Podría empezar por el director, Miguel, de familia acaudalada, vive en puerto madero, malcriado de chico y pelotudo de grande. Un tipo que hasta el día de hoy no debe entender lo que yo hago, pero sabe a quien romperle los huevos cuando necesita algo urgente, el único patrón en la historia que me pidió unirme al sindicato. Hablar de Bruno, mi jefe, sería por que me cayó mejor de lo que esperaba, siento que lo cagaron de arriba de un puente para darle ese puesto, pero la burocracia funciona por favoritismo. Podría contar con quien tuve una aventura, pero a esa mejor ni la nombremos, o cuales son las que cogen con todos, como estereotipos de oficinistas que esperan la fiesta de fin de año para hacer desastres. También están los pajeros que se la pasan hablando de culos, tetas y pitos en la hora de la comida y parece que no la ponen nunca. El “Dream Team” leales al sindicato. Ya lo dijo el director “No sabe lo que hace, pero es leal”. Puedo llegar a hablar de alguna persona bastante Hija de Puta, aunque la puta no tiene nada que ver. Pero mejor hablar de las amistades, esas que se forjan más allá de las paredes. Unos locos que empezaron con un programa de radio y trascendía las expectativas de la universidad, esos locos y La Loca con quienes gestamos las ideas hilarantes y nos reímos de todo sin importarnos nada. Compartimos muchos litros de birras, escapadas y vacaciones creo que son de los pocos que llegaron a entender lo que vine a hacer hoy, porque no los afecta los conceptos sociales del confort y el progreso. 

Ya estoy acá, el resto de mis compañeros me resultan indiferentes, pobres porque algunos ya empiezo a olvidar sus nombres. Ahora me tengo que enfrentar a todos los que me crucen así que a poner cara de poker y saludar.

Cinco años trabajando acá y nunca hubo un cambio. En el techo hay una gotera enorme que si llueve fuerte inunda el hall de entrada, en la secretaría una pizarra empapelada con volantes de eventos y cursos superpuestos a los viejos y descoloridos papeles de otros años. Lo más triste es que nadie los mira y terminan por preguntarle al primer boludo que se les cruza. ¿Dónde está tal edificio o tal aula? Nunca lo supe, es más, ahora que lo pienso en todos estos años nunca me molesté en aprender el orden de las aulas ni los nombres de los edificios. 

Paso a saludar a las secretarías, pongo mi mejor cara que finge interés, me hacen el mismo chiste irónico, como cada vez que volvemos de vacaciones “Estabas con ganas de volver, no?” hago como que sonrío, me doy vuelta y me voy. El pasillo es largo y se funde en la oscuridad, hacia la derecha están las oficinas de los jefes, ventiladas y con buena iluminación. A la izquierda, la cueva oscura, sin luz natural ni aire puro “Adivinen donde trabajo yo”. También está la cocina. Si esa cocina hablase comprometería a muchas personas, autoridades. Como en la escuela, siempre había un lugar para chapar a escondidas, en el trabajo es la cocina.

Arriba está la oficina de mi Damian y el “Dream Team”, hoy creo que son los únicos que entendieron cómo funciona ese lugar y le sacan provecho a la improductividad. Entrando a la cueva, primero hay que fumarse el olor a mierda que sale del baño y el olor a viejos de una oficina donde están los dinosaurios que siguen trabajando porque no quieren volver a sus casas, o no los quieren en sus casas, no lo sé. Más adelante, está el estudio de TV, o como lo llamo ahora, el depósito de basura que se usa de comedor, taller y criadero de ratas. Enfrente está la radio, con ruidos que se filtran de la calle, la pecera con olor a culo y cuatro productores trabajando en un espacio para dos. 

Al lado de la radio está la sala de edición, la oficina donde trabajo yo, el último rincón con las ventanas tapadas y sin aire del exterior. Donde surge “la magia” de los videos que hacemos aunque ya parecen trucos de un mago berreta que asiste a un cumpleaños infantil. Tomo el picaporte, abro la puerta y ya siento ese aire en el ambiente, denso y vibrante. Quizás porque se carga de malas vibras durante todo el año, o porque no hay una buena ventilación, no lo sé pero se siente.

Adentro está Pedro, la única persona que llega en el mismo horario que yo, un tipo copado pero amargado, y Beatriz, la chica que me reemplazó durante estos seis meses. Logra captar mi atención por el solo hecho de ser una novedad. La pintura del techo se sigue cayendo, las sillas siguen rotas y las compus son las mismas de hace cinco años, o sea que funcionan para la mierda, pero le ponemos onda. Lo saludo a mi compañero con un fuerte abrazo después de tanto tiempo, y otra vez el chiste “Estabas re ansioso por volver, no?””. Me presento con la chica nueva, no me da mucha pelota. Cambiaron los escritorios de lugar, como para generar la sensación de que algo cambió en todo este tiempo. Me acuerdo que antes de irme habíamos hecho una maqueta en 3D para ver todas las variantes de distribución que podíamos hacer. Si así pasaban los días. Las ganas de encarar un proyecto nuevo habían quedado en el olvido y cuando no tenía nada para hacer ocupaba el tiempo con estas boludeces.

Son las 10:30 de la mañana y apenas llegaron cinco personas, ni la mitad de los que somos. Yo solo esperaba con ansiedad a mi jefe y al director, “Licenciado Profesor” como le gusta que lo llamen. Si todo sale bien me voy temprano hoy, total a nadie le importa a que horario me voy, a nadie nunca le importó. 

El mate es una obligación, si no hay no se trabaja hasta que alguien traiga yerba. Más de una vez recorrimos largas distancias buscando donde comprar antes de siquiera pensar en que tendríamos que estar trabajando. Me pongo a cebar yo, le ofrezco uno a Beatriz “No tomo mate” me dice. “Si, es mejor que vos, mas responsable, trabaja duro pero tiene un problema, no toma mate” dice mi compañero con ironía. “¡Como no vas a tomar mate! Esas cosas están en el contrato”. Nos reímos, porque en el fondo nos parece risible que el mate sea más importante que el trabajo. Incluso, pensando lo bien, siempre hay uno que se toma un buen rato para cebar mates y no hace otra cosa. Pero ella ni nos mira y sigue trabajando. No podría decir que se enojó, o que no entendió el chiste, su cara, su postura, todo su ser no expresa nada. Podría decir que le faltó tiempo para acostumbrarse a la forma de trabajar acá, pero la verdad es que en menos de un mes uno queda “estatizado”.

Son las 11:15 de la mañana y comienzan a llegar algunas personas, se corre la voz “volvió Andrés” y vienen todos a la oficina del fondo, a la que nadie va porque está en el lugar más oscuro. Se intercambian anécdotas de las vacaciones por anécdotas de mi viaje. Y otra vez las mismas preguntas y chistes pelotudos de siempre, como si fuesen mis amigos de toda la vida, “tenías ganas de volver, ¿no?”, “¿a cuantas minas te cogiste?”, “¿te cogiste algún travesti o te cogió un travesti?”, “¿Qué onda los marinos?” “mucha droga, ¿no?”.

Me saluda gente que no debe saber ni mi nombre. Algunos hasta me confunden con otra persona. No es que no sea sociable, o que haya sido intrascendente, simplemente no nos importa. Y es que alguien como yo, que no participa de reuniones o por ser uno de los pocos que no se afilió al sindicato, se transforma en un ente sin nombre. Supongo que nunca me echaron porque a la hora de hacer trabajos urgentes o importantes era de los pocos que cumplía haciéndolo bien, lindo y a tiempo, algo que no abunda en este sector. Aunque en realidad una planta permanente es difícil de echar.   

Llega  Damian, proponiendo la primera reunión informal del año, porque no estaba ni la mitad del equipo y nos ponemos a hablar del trabajo, la situación actual y los proyectos a futuro, los mismos proyectos que se hablaron los últimos cinco años y se abandonaron una y otra vez, las promesas que no se cumplen. Pareciera que su propósito es desmotivar tu presencia en ese trabajo. Le pido hablar en privado y reunirnos con el director. Les cuento mis novedades, fingen sorpresa pero en el fondo yo creo que se lo esperaban. Fueron seis meses de viaje, volver parecía un insulto. El solo hecho de volver hoy acá me generó un vacío por dentro, que solo podía rellenar con la firme idea de renunciar . Tratan de convencerme de lo contrario, me ofrecen seis meses más de licencia, los rechazo. Al final me felicitan. Me piden escribir una carta aclarando que me voy en buenos términos y agradecido por los años de trabajo, acto que me pareció bastante desagradable pero debo ser el primero en la historia del estado que renuncia a un trabajo en planta permanente. 

Son las 14:00 hs, salgo de la oficina sonriendo. Ahora sí, se terminó la cara de poker, saludo a quien se me da la gana. Hace seis meses decidí romper con la rutina, hoy le pongo punto final. Cruzo la puerta por última vez, cierro los ojos, sonrío y respiro.


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Andrés.


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