Volver a verte

Es imposible viajar dos veces al mismo lugar. Los días, la gente con las que compartís un viaje, tu propia experiencia evoluciona día a día, cada vez que tuve que volver a algún lugar había algún cambio así hubiesen pasado 10 años o 1 día. 

Lo comprobé cuando volví a Jujuy, uno de mis lugares preferidos, con siete años de diferencia. Fui con amigos, luego en pareja. En un viaje llovió casi todos los días, en el otro no se vio ni una nube, el turismo creció. Pequeños detalles que cambian la forma de ver las cosas.

Jujuy fue mi primer viaje como mochilero y la primera vez que vi las montañas. La humildad del pueblo que sin ningún lujo y hasta escasos de servicios, se iluminaba con la sonrisa de la gente. Poder sentarme en una plaza, comer un sanguche de milanesa (que elegí no saber si era de Vaca o de Llama) y que se me acerque una paisana del pueblo a ofrecerme un mate para poder bajar esos bocados gigantescos que se me atoraba en la garganta, me hizo sentir más rico que en cualquier resort all inclusive. Mientras caminaba por esas calles de tierra que coloreaban mis zapatillas, salían de los locales construidos de adobe, los comerciantes para vendernos empanadas – Creo que todavía puedo saborear ese agridulce, la fritura y la salsa picante que además eran ridículamente baratas -. 

Me subí a cuanto cerro pude y llegué a varias cimas siempre que mis pulmones me dejaron. Desde la cima contemplé formas y colores que nunca había visto, podía ver todo el pueblo sin que ningún edificio interrumpa la visual, y sentí que podía tomarlo con mis manos. Cambiaban si estaba nublado o salía el sol, si llovía o recién había dejado de llover. Incluso la sombra les daba otro tono. Acampamos por primera vez, en un patio pequeño donde entramos unas 20 carpas y había que rastrear bien un hueco entre las piedras. Nuestro techo era el cielo y en ese momento un hotel cinco estrellas me pareció insignificante ante las constelaciones que veían mis ojos. Los colores brillantes de las montañas amarillos, verdes, cyan, rojos, y las casas hechas de adobe me transportaban a otro planeta, como si estuviese en marte con un paisaje surrealista. En lugar de plantas había cactus, algunos hasta más grandes que las casas donde fueron plantados. En el centro del pueblo hay un árbol enorme, con raíces prominentes que sobresalen de la tierra con la corteza arrugada como si fuese un viejo de ochenta años, una placa indicaba que tenía más de mil años. No podía merecer menos que sentarme debajo para meditar y viajar en el tiempo aunque fue imposible por los niños que jugaban mientras subían y bajaban por sus ramas, o corrían saltando sus raíces. Me daban mas ganas de jugar igual que ellos, pero el apunamiento no me dejaba moverme con gran velocidad por mucho tiempo. Había escuchado muchas opiniones de que estaba sucio y no podías pasar un día sin bañarte de la tierra que había. Yo lo vi como una paleta de pintor, la tierra que volaba por el aire pintaba las casas, adornaba los árboles y mantenía el color de las montañas. 

Fui con unos amigos bastante peculiares, por lo menos desde mi punto de vista, a los que hoy solo podría llamar viejos conocidos, en su mayoría católicos, muy católicos. Que les chocó mucho la mezcla cultural al ver el ritual de la Pacha Mama ser bendecida por un sacerdote. Mientras ellos increparon al cura, como si fuesen representantes del sindicato, por bendecir una fiesta pagana, yo opinaba que lo que sobraba era la bendición. Pero el cura siendo viejo y sabio les dijo – Si no le doy la bendición a la pacha ninguno viene a misa -.

Pero hay algo que no se puede negar, por donde vayas, no importa quién esté ahí, las sonrisas nunca faltaron.

Siete años pasaron hasta que volví al poblado que me vio nacer en esta vida de viajes, volví en otro plan. Esta vez en pareja para mostrarle esos rincones de los que me había enamorado. Para que vea los cerros desde los que sentí que conquisté al mundo.  

– ¡Vamos! – le dije – Vamos a ese pueblito tranquilo y autóctono del país. 

Pero al llegar a Purmamarca, me costó volver a verlo.

De tranquilo no tuvo nada, porque llegamos para los carnavales, una multitud festiva abordaba las calles y lo autóctono se transformó en marketing para el turismo. Las casitas de adobe que se encontraban hacia las afueras, ahora eran hoteles modernos con fachada de barro para “preservar el estilo del lugar”. Los cerros que conquisté parecían haber cambiado de color y muchos tenían una persona al inicio del sendero pidiendo una colaboración. En la plaza pusieron plantas con flores que adornaban el lugar, y el árbol milenario estaba cercado con una reja para evitar que tanta gente se suban y lo puedan romper. Había llegado el turismo con todas sus fuerzas y en esta época estaba especialmente explotado por el carnaval. Ruidos y gritos por todos lados que me reventaban la cabeza. Basura por las calles que se acumulaban por todas partes y arruinaban la vista de este mágico pueblo A mi pareja no le cayó nada bien, el apunamiento y la música fuerte la dejaron enterrada bajo una montaña de sábanas, con un dolor de cabeza monumental. Ah claro, esta vez sí me hospedé en un hotel que debía tener una que otra estrella. Y mientras miraba por la ventana los colores de los cerros pensé “En algún lugar tiene que estar ese pueblo del cual me enamoré”.

Entonces recordé un consejo que me dió mi tío cuando era chico “Siempre que camines en una dirección mirá para atrás. Vas a ver que el paisaje cambia y te va a resultar más fácil orientarte”. Salí a caminar volviendo sobre mis pasos como mirando para atrás y las calles por las que andaba tranquilo con mis amigos y nos cruzabamos algunos locales tomando mate en la puerta, ahora se colmaban de gente celebrando la vida del carnaval. El silencio de las montañas se inundaba de música y cantos que llegaban desde la plaza principal. Hasta los cerros que había conquistado subiendo a la cima en aquel primer viaje, parecían haber cambiado de colores y de forma y los ví como una nueva oportunidad para volver a conquistarlos. Y en esa fiesta donde todos esperaban para enterrar al diablo me reencontré con esa alegría que irradia el pueblo. 

Si es verdad, había mucha gente, basura en el piso, los lugareños aprovechando cualquier oportunidad para sacarle plata al turismo, las artesanías que vendían parecían producidas masivamente, las fachadas adornadas con nuevos conceptos de belleza que no eran autóctonos del lugar. Pero era una fiesta, a la que acudía mucha gente y querían que todos se sintieran bienvenidos y así sacar el mejor provecho de ella para que el pueblo siga prosperando.

Al fin y al cabo al otro día, ya aclimatados, nos fuimos a pasear por las montañas. Ahora nuevas montañas para mi. El pueblo ya respiraba calma, las calles ahora estaban limpias. Quizás la pareja que me acompañó en ese momento sí te diga que es un lugar sucio, que si vas con un pantalón blanco se te llena de tierra. Que los ruidos, que la gente y el mal de altura. Pero yo sigo viendo esa paleta de colores, un poco cambiada como cuando el artista se dispone a pintar un nuevo cuadro. Entonces rompí con la idea nostálgica de encontrarme con aquellos rincones llenos de historias que hoy están en mis recuerdos y me dispuse a dibujar un nuevo cuadro para mi viaje.


Gracias por acompañarme en esta aventura, si te gustó no olvides compartir en tus redes sociales amigas. Suscribite a mi Instagram en la columna de la izquierda, para seguir mis viajes diariamente y no olvides dejarme un comentario aquí abajo.

Ya está a la venta “CUARENTENA, una historia en alta mar”.

Cuando el mundo se detuvo por un virus, nosotros quedamos atrapados en el mar. Navegando por los mares de Europa y el caribe con la incertidumbre de no saber cuándo volveríamos a pisar tierra. Mandame un mensaje por mail hola.unboludoporelmundo@gmail.com y te lo envío de forma digital para que lo puedas leer desde cualquier plataforma. Si querés saber más hacé click en la foto para leer el primer capítulo

Buenas vibras!

Andrés.


Quizás te interese leer:


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *