Detrás de la Puerta

Abro la puerta con las bisagras viejas oxidadas, emite un sonido que te invita a la aventura. Detrás de la misma hay una escalera de mano hecha de metal, tiene una mezcla de pintura antióxido y lo que queda de su color ocre original y apenas entra en ese espacio angosto y alto que no debe tener ni un metro cuadrado. Tomo con mis manos los escalones para mantener el equilibrio y el frío del metal comienza a recorrer mis brazos. Siento el olor que baja con la bruma producida por el polvo, Y escucho los ruidos de lejos las vigas de madera, que sostienen las tejas del techo, afectadas por los años.  

Lo primero que se ve al pasar por ese agujero que conecta la escalera con el altillo, es un ropero grande y viejo de madera, de esos que tienen un espejo gastado en la puerta y molduras de flores talladas en la parte superior. -¿Cómo llegó ese ropero ahí?- Claramente no pasa por el hueco de la escalera ni por la puerta, es simplemente muy grande. Me habían contando que antes de terminar de construir subieron ese mueble y nunca más lo pudieron bajar, ahora es una de esas cosas que vienen con la casa o se bajan a los hachazos. 

A los costados, donde el techo a dos aguas se une con el piso, hay muchas cajas de cartón que guardan cientos de recuerdos y cartas. También hay baúles antiguos con los que mis abuelos trajeron sus cosas desde Italia, se esconden en las sombras. Apoyo mis manos en el piso de concreto, áspero, frío y polvoriento, para impulsarme y terminar de subir. Por el tragaluz, en lo más alto del techo, se ilumina el altillo con una luz pálida que tiñe el ambiente de un celeste lavado. En el centro hay una lamparita colgando del cable, de esas que parece que nunca se quemó y producen una luz gastada anaranjada, que ilumina el resto del altillo y combinada .con la luz pálida del exterior formaban una iluminación ocre lavada, si hasta la luz parece antigua en ese lugar. nunca supe cómo se veía de noche, claramente no iba a subir a oscuras.

Hay un olor inconfundible de la humedad, los muebles viejos, el polvo, pero además mi mente me hacía reconocer el olor de la historia. Mi abuelo solía conservar quesos, salames y vinos en ese altillo, era todo un ritual para él dejarlos conservar un tiempo para que tomaran un sabor más fuerte y después servir una picada cuando venían a visitarlo. Aunque estuve lejos de conocerlo, podría jurar que sentía esos aromas que me transportaban a una pulpería de un viejo pueblo.

    Nunca conocí a mi abuelo, muchos de estos recuerdos son historias que me contaban de él, pero por alguna razón entre tantas fantasías, de chico creí que se escondía ahí arriba. ¿por qué lo haría?¿por qué no tendría ganas de conocerme?¿Se escondía cada vez que subía?. 

Es difícil explicar la sensación que sentía cada vez que mi abuela me decía “Andrés, ¿me ayudas a bajar (o subir) algunas cosas al altillo?”. “Uff ¿me encontraré a mi abuelo esta vez?” pensaba. Y si me lo encontraba ¿Estaría vivo o muerto? ¿Sería un espíritu o simplemente un fiambre guardado en el ropero? ¿Estaría solo?

Podría esconderse en el ropero, o en algún baúl, no sé yo nunca los abrí de chico estando solo ahí arriba. Si ahí dentro podía estar mi abuelo, también podía aparecer cualquier otro fantasma. 

Un par de sillas estaban puestas como si alguien fuese a sentarse ahí un rato, eran de esas sillas viejas de madera con el asiento hecho de mimbre o paja, nunca supe realmente qué material era. Quizás mi abuela subía a visitarlo cuando estaba sola y pasaban el rato. El viejo sacaba el salame del que tanto me habían hablado, destapaba un vino viejo y disfrutaban juntos ese ritual que solo puede existir en mi imaginación. 

Cada diciembre iba a ayudar a la nona para armar el arbolito de navidad, era una de las oportunidades que tenía para subir al altillo, revolver las cajas y enfrentarme a la posibilidad de encontrar lo que sea que mi imaginación desataba en ese momento. Ella se quedaba abajo esperando en los primeros escalones a que yo le pase las cajas con los adornos. Y desde arriba yo pensaba – Cuando mueva una de estas cajas puede llegar a estar mi abuelo detrás de ellas. Bueno quizás así pueda conocerlo, pero ¿Quiero ver un fantasma? Uff! que bipolar que me pone este lugar-. 

A veces iba con ganas de encontrarlo y en mi cabeza armaba toda una estrategia, tenía que entrar en silencio para que el espíritu no me escuche y agarrarlo de sorpresa. Las bisagras de la puerta era lo primero que me delataban, entonces debía ir con mucho cuidado, no conocía el WD40 a esa edad. La escalera era el segundo obstáculo, una sinfonía de sonidos metálicos imposible de interrumpir. Juro que cada vez que miraba hacia arriba veía alguna sombra moverse producida por la luz pálida del exterior. Quizás el mejor plan era subir rápido y prestar atención a algún ruido, como si alguien se quisiera esconder. Pero los ruidos abundaban en un altillo tan viejo, las tejas y las vigas que cantaban a coro con el viento, los gatos y las aves que pasaban por ahí. Una vez arriba la estrategia era mover las cajas con rapidez, si se escondía atrás de alguna tenía que ser rápido para volver a esconderse. Un espíritu miniatura podría hacerlo, el mini abuelo, todo era posible.

Siempre bajé sin encontrar nada más que cajas, y quizás algún objeto que no había  visto antes, como las herramientas de mi abuelo cuando trabajaba como yesero. Lo bajaba y le preguntaba a mi abuela que eran esos tesoros que encontraba cada vez que subía al altillo. Mientras adornábamos la casa y preparábamos sus clásicas galletas que solo se veían en diciembre y representaban el sabor de las fiestas, me contaba la historia de aquel objeto perdido en el altillo, alguna anécdota que guardaba de mi abuelo, casi siempre llegaba a algún recuerdo de ella en la guerra como si fuese algo cotidiano de la vida y de lo que fue dejar todo y venir a la Argentina   

Ya van más de diez años que mi abuela dejó este mundo y no volví a subir desde entonces, pero cada vez que paso por esa puerta no puedo evitar sentir el frío por mi espalda, la sensación en las manos de agarrar con fuerza la escalera de metal esperando que baje la bruma con olor a historia, tocando la sinfonía de ruidos que sonaba en ese viejo altillo. Y me gusta pensar que tal vez ahora estén los dos ahí arriba comiendo salame, queso y tomando vino sentados en las viejas sillas de madera.


Gracias por acompañarme en esta aventura, si te gustó no olvides compartir en tus redes sociales amigas. Suscribite a mi Instagram en la columna de la izquierda, para seguir mis viajes diariamente y no olvides dejarme un comentario aquí abajo.

Ya está a la venta “CUARENTENA, una historia en alta mar”.

Cuando el mundo se detuvo por un virus, nosotros quedamos atrapados en el mar. Navegando por los mares de Europa y el caribe con la incertidumbre de no saber cuándo volveríamos a pisar tierra. Mandame un mensaje por mail hola.unboludoporelmundo@gmail.com y te lo envío de forma digital para que lo puedas leer desde cualquier plataforma. Si querés saber más hacé click en la foto para leer el primer capítulo

Buenas vibras!

Andrés.


Quizás te interese leer:



Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *