CUARENTENA “Una historia en alta mar”

En Enero 2022 comenze mi viaje por las rutas de mi tierra. Una odisea a dedo de más de 10.000 Km que podría llevarme dese Buenos Aires hasta la Ciudad de México y sin embargo no salgo de mi propio país. El primer trayecto fué la Patagonia y ya completé 7.856 km en 2 meses y medio. Durante este trayecto cerré un ciclo con mi viaje a inicios de la pandemia, y con ese cierre nació mi primer libro, “Cuarentena, una historia en alta mar”. En este artículo quiero regalarles el primer capítulo de este libro.


Estoy sentado en mi cabina después de un largo día de trabajo. Me veo en este cuarto oscuro y diminuto, casi del tamaño de un vestidor, la cama cuelga de la pared y cuando la bajó para ir a dormir, apenas queda espacio para estar parado. Tengo una pileta, para lavarme la cara, del tamaño de una olla. Cuando me lavo los dientes y escupo el agua después del buche casi siempre le pifio y la mitad se va al piso. El baño es compartido, tan grande como el de un aviòn. No llego a estirar los brazos ni hacia arriba ni a los costados, pero al menos te podes duchar y cagar al mismo tiempo, es una sensación de limpieza liberadora. 

En mis ratos libres me siento a escribir y a veces lo hago desde la imprenta donde trabajo mientras las impresoras industriales van sacando miles de copias por hora. La mayoría, seguramente termine en la basura. Me siento una mierda haciendo este laburo pensando en todo lo que se contamina para que unos pasajeros con mucha plata y pocas vacaciones se sientan felices.

Cuando les conté a mis amigos y familia que iba a volver a trabajar en el crucero, automáticamente me excusaba:

-Me van a dar la vacuna y además voy a poder ahorrar unos meses mas mientras la pandemia sigue paralizando al mundo-. Y aunque nadie me pedía explicaciones, yo insistía con lo mismo. Creo que me estaba queriendo convencer a mi mismo. Cuántas veces escuché a más de un tripulante decir “Un contrato más y listo”. Y sin embargo llevan 7, 10, 20 años, e incluso más, de esta vida en el mar. Algunos ya ni se deben acordar lo que es vivir en tierra. 

Hace unos días publiqué una foto en las redes, donde se ve el horizonte que corta el cielo celeste del mar azul. Pensar que llegué a decir – “El horizonte es una mierda” -, pero aún así no puedo dejar de verlo. Una chica me comentó la foto, “¡Al final te volviste a embarcar en el crucero!“. “Es que me pareció una forma poética para terminar de escribir esta historia y despedirme de esta vida en el mar”-, le contesté. Hubiese sido lo mismo decirle “Un contrato más y listo”, pero quería sonar más elegante para impresionarla.

Ahora que pasaron unos meses desde que embarque, no sé porque me justificaba, estoy acá sentado contando una historia entre las miles de millones que habrán pasado y tengo la oportunidad de revivir detalles que quedaron perdidos en mi memoria. Como cuando camino por el I-95 esa avenida por donde pasamos todos los tripulantes para ir de nuestras cabinas, a las oficinas, al bufete, a las salas de entrenamiento, al gimnasio, a los bares, etc. Tiene una línea amarilla en el medio, como en las avenidas, para indicar donde empieza una mano y termina la otra, aunque como aplicar esa regla, si hay personas que se manejan por la derecha y otros por la izquierda como en sus países. Unas luces blancas e intermitentes que iluminan el pasillo, ni siquiera podría decir que parece un hospital, mas bien seria un edificio viejo y deprimente. La gente que por la mañana te mira y te dice “Mornin” y por la tarde ya ni te clavan el visto. En horarios pico me recuerda a los pasillos del subte, con gente que va y que viene atropellándose unos a otros Si son educados escuchas un “Exquismi” o “Sori Sori”. Algunos te dan un choque de puños (el saludo oficial de la pandemia), otros con menos ganas levantan las cejas como quien se siente obligado a interactuar por un involuntario cruce de miradas. La cartelería a un costado que anuncia eventos pasados, viernes de fiestas latinas, miércoles de karaoke (cosas que ya no existen por la pandemia). Ahora solo hacen sorteos, días de “comidas especiales” como pizzas, hamburguesas con papa fritas, sopas picantes o algunas veces wafles con helado. Nos quieren mantener contentos como si fuésemos monitos a los que le das una banana. Aunque “Banana” aunque banana significa otra cosa en el lenguaje de los tripulantes. Hay muchas palabras que son códigos entre los tripulantes “Monkey Business” seria un trabajo extra que haces en el barco para ganarte unas monedas de mas, “Paisanos”, “Mafias” son los grupos que se forman por nacionalidades y se protegen entre sí Y “Banana” como esa amonestación que te ponían en la escuela cada vez que te portabas mal.

Volver a sentir la adrenalina de los drills (simulacros de emergencias), donde algún oficial te puede hacer una pregunta sobre cómo actuar ante alguna situación y si no sabes la respuesta es un “Big Drama”. Nos marcan hasta cómo pararnos, hay un ambiente de tensión y nervios porque en unas semanas viene la Guardia Costera de Estados Unidos a inspeccionar el accionar del barco en casos críticos. La verdad mucho no me importa, es probable que ante una emergencia entre en pánico, salga corriendo, empuje a cuanta persona me cruce por el camino e intente salvarme a mí mismo, antes que fijarme si algún pasajero necesita mi asistencia. 

Pero sobre todo siento que volví para contar esta historia, para volver a conectarme con ese personajes que fui un año atrás y hoy desconozco. La Cuarentena saco lo mejor y lo peor de todos. Situaciones extremas, personalidades extremas que al final, para bien o para mal nos hacen evolucionar

El otoño había llegado a Buenos Aires. La segunda ola también, y con ella nuevos contagios. Se venía un invierno crudo y sin vacunas ni noticias. La historia se repetía. “Ya fue perdamos otros meses en el mar y terminemos de contar esta historia entre yo y ese yo del pasado que me costaba reconocer” pensé. Así que les escribí un mail a mis jefes y me mandaron al mismo barco, ese en el que pase los primeros 90 dias de pandemia. Con unos compañeros filipinos que me cuesta entenderlos cuando me hablan. Algunos jefes con ataques de histeria porque el regreso a la normalidad no es nada fácil. Viviendo la misma cuarentena de 15 días en un camarote con vista al mar, para después pasar a una cabina del tamaño de un armario. El barco anclado en el mar, a veces se sentía oscilar un poco. Ahora, en temporadas de huracanes, tratan de modificar las rutas para que no agarre olas tan grandes o vientos de gran velocidad. Camino por el I-95 en estas condiciones y parezco un borracho tratando de mantener la linea.

Demasiada Kakaria, o Taka Taka (cuando hablas mucho sin decir nada) pero todos estos detalles ayudan a construir el relato de una historia como cualquier otra que pudo haber pasado en un mundo que está cada vez más raro.

Antes de sentarme a escribir salgo a cubierta en el piso 6, donde está el helipuerto en la proa del barco. La bestia de los mares se  despide del puerto con esa bocina grave que retumba en todos los edificios. Respiro el aire de mar para inspirarme mientras veo el atardecer, atrás queda tierra firme, quien sabe cuando volveré a pisarla. En frente esta y el horizonte que si me siguen en esta historia van a entender porque me parece una reverenda mierda. ¨´[. . .]


Gracias por acompañarme en esta aventura, si te gustó no olvides compartir en tus redes sociales amigas. Para seguir leyendo esta historia escribime a hola.unboludoporelmundo@gmail.com y te cuento como conseguirlo. Y ya que estas por acá suscribite a mi Instagram en la columna de la izquierda, para seguir mis viajes diariamente y no olvides dejarme un comentario aquí abajo.

Buenas vibras!

Andrés.


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