7856 km en 85 Días

7856 km como prólogo de un libro que me prepara directa o indirectamente a las rutas que se vienen, fueron mis primeros pasos en este nuevo estilo de vida. 7856 km que pasaron volando y no llegué a salir de Argentina (excepto por el momento que crucé por Chile para llegar a Tierra del Fuego). A dedo, en auto, bondi, barco e incluso una moto; con “Bamboo”, mi mochila compañera, recorriendo viejas rutas conocidas de la forma más austera posible para saborear cada kilómetro recorrido, cada palabra escuchada y cada experiencia vivida. 

7856 km Alejado de los medios que no ven más allá de Buenos Aires, los cafés donde los temas de conversación navegan entre economía, religión, problemas globales y políticos. Para encontrarme con la Argentina que vive y respira. Salí con la idea de evitar estos temas en cualquier casa o vehículo al que me subía. Obviamente fue imposible, pero al menos me mantuvo descentralizado de la Capital y en cambio puede conocer más sobre cada rincón que recorrí de la Patagonia. 

7856 km de mares, montañas y estepas patagónicas. De bosques, ríos y desiertos. De ciudades áridas como parte de un paisaje salvaje. Un ambiente hostil que no da tregua, y sin embargo por la tarde, cuando el sol apunta con sus rayos laterales sobre los cardos de la estepa seca, un color dorado pinta el paisaje del desierto. Lo primero que pensé fue que acá los Incas trajeron los últimos rastros de su imperio y la ciudad dorada en realidad se encuentra en la Patagonia.

Constantemente tuve que adaptarme a las bondades del lugar en el cual me encontraba, a su gente y a su clima. Y a que el viento va a ser el factor principal que indica tu destino

-Uh que cagada, llueve- dije con frustración ante una posible salida por los cabos de la ciudad de Rio Grande

-Ah pero no hay viento y tengo el auto, así que vamos igual- me contestó Belén que me hospedaba en su casa. Nos pusimos los pilotos y salimos de todas formas.

7856 km de salir a la ruta, muchas veces solo, enfrentarme a la inmensidad del horizonte, ni un edificio que me tapaba el paisaje. Siempre cumpliendo el mismo ritual, como una cábala para tener una buena ruta. Elegía un lugar llamativo, un cartel, un parador o simplemente un costado abierto y visible, con espacio para que puedan estacionar y si es posible que haya algo que los obliga a bajar la velocidad también. Descargaba de mis hombros la mochila que lleva mi vida adentro, me agachaba para darle un beso a la ruta en señal de respeto y me predisponía a la buena fortuna que me quiera otorgar ese día. Si algo me enseñó esta primera parte del viaje, es que la ruta se caga en tu plan original. Nunca esperás solo 10 minutos o llegás de un tirón al lugar que querés. Pero tras ese ritual simplemente me quedaba esperando y encaraba a cada auto con una auténtica sonrisa; al menos al principio, porque si el día se hacía largo, quizás hacia el final ya la tenía que forzar. Mi tiempo promedio haciendo dedo en la ruta es de 2 horas y mi máxima fue de 6.

No existía el plan B, solo podía esperar a que llegara algún ser de luz y me levantase. Y si ese día no llegaba a mi destino es por alguna deuda pendiente había dejado con el lugar donde me encontraba.

7856 km a puro dedo, con excepción de dos trenes, a los que siempre que pueda me voy a subir, un ferry para cruzar a la isla de Tierra del Fuego, y los últimos 17 km, que por estar en la ciudad, me subí al colectivo de la línea 159, pague los 20 $ de pasaje y llegue mi destino final de esta primera cruzada. 

En el medio hubo camiones, autos particulares, casas rodantes, camionetas, un bondi familiar y una moto. Familias, trabajadores, vagabundos, viajeros, transeúntes que sin destino me dejaron en lugares que ni aparecían en el mapa. Viaje con todo tipo de personas, como profesionales que no podían creer lo que estaba haciendo.

-¿Todo esto estas haciendo a dedo?-

-Si-

-¿Y no te da miedo?-

-Puede ser, pero lo hago igual-

-¿Y llegaste hasta acá?-

-Si-

-¿A dedo?-

-Que siiiii-

Repetían como loros sus preguntas porque parecían no entender mi forma de viajar en estos tiempos. Como si yo fuese el inventor de esta técnica o que la haya hecho resurgir después de cientos o decenas de años. 

También hubo viajeros retirados que me compartían sus experiencias, mayormente eran datos sobre las rutas que me convenía seguir 

– Si vas a seguir por la 40 prepárate para largas esperas en el camino, te conviene tomar algunos atajos – Me advertían como si corriese algún peligro. 

Observar las caras de quienes me veían haciendo dedo y trataban de explicarme con señas, en una fracción de segundo, porque no me podían levantar. Algo que se transformó en uno de mis deportes preferidos mientras esperaba, me causa gracia pensar en la incomodidad que les generaba la obligación de responderme con la mirada. Aunque después de unas cuantas horas parado comenzaba puteaba a los que me ignoraban con indiferencia. A veces me llevé la sorpresa de ver algunos que volvieron por la ruta a buscarme luego de haber pasado. 

Tuve la posibilidad de tener conversaciones con cazadores furtivos de guanacos que me explicaron todo el proceso: parar en la ruta cerca de una manada, apuntar, disparar antes que te escuchen y salgan corriendo; luego tres corren a buscar el cuerpo sin ser detectados por los dueños del campo ni la policía de camino, a la que igualmente se la puede sobornar con una parte de la cacería. 

O con unos mineros que comprando un auto nuevo todos los años, dudan sobre los gastos que necesitaban para poder cumplir su sueño y viajar a México por unos días. 

Siempre sin juzgar a nadie para que no me dejen tirado a un costado de la ruta en mitad de una estepa en la que no habita nadie más que animales salvajes. 

7856 km de descubrir que en los pueblos chicos y olvidados me llevé mayores sorpresas que en los mejores paisajes vendidos en un folleto. 

De encontrarme con personas que me recibían en una casa sin pedir nada a cambio, compartiendo un techo para resguardarme del viento; una estufa para el calor y una buena ducha caliente. Y sobre todo compartiendo el folklore de anécdotas, comidas e historias tan personales que quizás no se las contamos ni a nuestros psicólogos. Opacando así cualquier cantidad de actos de indiferencia o críticas que pueden aparecer en el camino. Quizás las conversaciones más llamativas fueron con un conspiracionista que me explicaba porque la Masonería es la causa de todos los males en este mundo; o con unos pobladores de Esquel preocupados por la falta de trabajo y recursos, como una respuesta de las empresas y el estado ante la negativa de un pueblo entero que se manifestó en contra de  las megamineras.

Me sentí un influencer al contarle mi historia  y este loco proyecto de vivir en las rutas a un  hombre de 50 años que compartió conmigo sus reflexiones de vida. Sentía haberla desperdiciado en búsqueda de la mina de oro y cuando la encontró se dio cuenta que no le servía para nada. Al terminar nuestro viaje me miraba con aires de esperanza 

-Todavía puedo cambiar mi vida- me dijo. 

Hasta las anécdotas más olvidables, que me causan gracia por su ironía, forman parte icónica de este viaje. Como un grupo de moralistas que salieron a manifestarse en las calles de Bahía Blanca porque les parecía terrible que una de ellas se llame “Campaña del Desierto”. Y así consiguieron cambiarla por “Julio Argentino Roca”. Ahora hay un grupo de moralistas celebrando su ignorancia y un funcionario cagandose de risa por su picardía .

Algunos encuentros fueron inspiradores, como el de una mujer que sufrió varios robos en su propia casa, más de 10 veces en un año, y ahora, para afrontar su agorafobia causada por estos ataques, comenzó a invitar viajeros completamente extraños para ella que la ayudan a retomar su confianza y salir de su casa. 

Uno de los personajes más destacables que me encontré fue  El Brujo, un boxeador al que la vida lo golpeó hasta que la campana sonó. Amortiguó los golpes con las drogas y el alcohol, y cuando la sed de venganza invadió sus venas para desquitarse de la vida, en lo más profundo de sus ojos pudo ver que con amor y bondad se irían cicatrizando todas sus heridas. Hoy es un gran anfitrión que no te pregunta tu nombre, solo quiere que no pases frío y no estés solo como él en sus momentos más oscuros.

7856 km Cuando a todos les parece un montón, yo lo veo como un buen prólogo.


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Andrés.


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