Cracovia y sus gurúes de la bebida blanca

Cracovia es esa ciudad donde nacen mitos y leyendas. Todas esas historias que escuche de chico sobre la era medieval, dragones, castillos, arqueros que lanzaban flechas desde distancias imposibles, acá se hacen reales. Una ciudad que te atrapa en todos sus aspectos, historia, arquitectura, comida. Se te pierde la vista en cada esquina con algo nuevo.

La leyenda que me contaron de chico una y otra vez fue la del Dragón de Wawel -un monstruo que habitaba la cueva en la colina de Wawel- aterrorizaba a los habitantes del país de Krak. Los pobres cracovianos tenían que darle ofrendas de ganado. Otras versiones de la misma leyenda dicen que la bestia devoraba solamente a mujeres vírgenes. Muchos caballeros intentaban vencer al dragón, pero al final lo consiguió el modesto zapatero, Skuba. El chico colocó una oveja llena de azufre en la entrada de la gruta del dragón. Cuando el monstruo sintió hambre, se comió la oveja y de este modo cayó en la trampa preparada por Skuba: el azufre le provocó a la bestia un gran dolor de garganta y fue quemando sus entrañas. A fin de apagar su sed atroz, el dragón se puso a beber agua del Vístula. Bebió tanto que, al final… ¡explotó! Entonces comenzó la alegría en el país y el héroe obtuvo del rey un premio muy generoso. A los pies de la colina, junto a la entrada a la Cueva del Dragón, se colocó una escultura del monstruo que conmemora aquella magnífica victoria.

Leyenda que escuche muchas veces de chico, y que me tocó representar en una símil obra teatral cuando iba a los scout polacos, yo hice de la oveja y fue el debut que marcó mi vida teatral, también fue mi despedida.

Durante esos días hubo un festival de la juventud donde podías encontrar gente de todo el mundo a cualquier hora tomando vodka por la calle, “La Juvenalia”, donde no hay una cultura en común más que la de beber hasta más no poder y por las noches en la plaza principal había recitales.

La más importante fue una noche en la que horas antes de comenzar fui a cenar con unos primos lejanos que tengo y se encargaron de darme una buena degustación de bebidas blancas que tienen guardados para la visita. Me llevaron hasta mi hospedaje, yo con el firme plan de bañarme e ir a la fiesta, tuve que pasar un par de barreras en el medio como abrir la puerta con un llavero electrónico y subir una escalera de mármol que resbala en cada borde. A la mañana siguiente despierto por el sonido del trompetista que toca a cada hora del día, y me encontraba arrodillado junto a la cama, recobre las fuerzas con un buen desayuno y creo que lo único que podría lamentar es no haber ido a esa fiesta, o tal vez si fui y no lo recuerdo. Y todo esto se los cuento porque ese día fue mi iniciación en la bebida blanca.

Pero ¿quien era este trompetista y por que le gustaba joder a cada hora?

Desde la Edad Media el día entero, fuera de noche o de día, había en la torre más alta de la iglesia de Santa María un vigilante que advertía de incendios, de enemigos que se acercaban a la ciudad y de otros peligros. La melodía del toque de trompeta, llamada en polaco “hejnał”, se convirtió en un símbolo musical de Cracovia. Se toca a los cuatro vientos, cada hora en punto. Pero… ¿por qué la melodía se corta tan bruscamente? En el año 1241 llegaron a las puertas de Cracovia los tártaros. Según cuenta la leyenda, al ver a los invasores, el vigía de la de la torre empezó con el toque de trompeta. Pero en mitad de una nota una flecha tártara atravesó su garganta y el trompetista murió. Por esta razón, el “hejnał” se corta de forma tan repentina: en el mismo momento en el que dejó de tocarlo el valiente trompetista.

Muchas son las anécdotas que se pueden contar de Cracovia, un lugar lleno de historias y leyendas por donde camines, no es muy difícil que escribas una para vos. Y fue además casi el único lugar de Polonia donde el idioma no fue una traba para mi. (También ayudó que coincidió con un viaje de mi padre y él sí habla perfectamente el polaco, pero para esta situación es irrelevante).

Dos de las atracciones principales cerca de Cracovia, a las que todo el mundo pretende ir y tomarse la clásica foto de viaje, son las minas de sal de Wieliczka y el campo de concentración de Auschwitz. Me daba mucha curiosidad las minas de sal, y no me malinterpreten seguramente Auschwitz debe ser muy interesante de conocer pero no me van a negar que es bastante morbo ir ahí. Y posiblemente alguna vez vaya, pero en ese momento no lo sentí.

Me subí a un micro de línea y tras varios intentos fallidos de comunicarme con el conductor para pedirle que me avise donde debía bajarme, ya que no había muchas indicaciones, una pareja me dijo que me baje con ellos que iban cerca de la mina de sal. Al llegar también descendió una señora y entre los tres hablaron algo en polaco y me terminé yendo con la señora que me dejó en la entrada. Una persona particular que vestía una camisa con flores, una pollera larga, un pañuelo en la cabeza y un delantal de cocina, digna de una imagen de campo de 1940, me llevó a través de un campo, pasamos por edificios abandonados, un complejo de monoblocks, un vecindario humilde de un costado, granjas hacia el otro costado, y al fin el museo de la mina de sal. La conversación con la señora se basó en miradas y sonrisas de quien no entiende nada pero que hacen a que este momento se lleve un buen y merecido.

Wieliczka supo ser la mina de sal más grande del mundo, hoy convertida en museo y todo lo que ves adentro está hecho de sal, desde las figuras de los obreros representando el trabajo que se hacía ahí, hasta la catedral interna, en un país donde la religión católica predomina en más aspectos de los que debería no podía faltar la escultura de Juan Pablo II, además de ser este el salón principal de la visita.

Pero más allá de este bombardeo eclesiastico es un recorrido muy interesante que combina la historia sobre el trabajo en la mina, los mitos sobre las fuentes de aguas saladas que se produjeron adentro y el arte de las esculturas de sal. Son unos 3,5 km de recorrido y siempre bajando por más de 800 escalones, a medida que bajaba me daba pudor pensar en todo lo que tenía que subir. Afortunadamente sobre el final está el ascensor original con el que descendían los mineros, es de 2 pisos, entran unas 10 personas por piso y sube 327 mts en 40 segundos, menudo empujón te daba al tomar velocidad.


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Andrés.


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