EL Fantasma de la Ruta

Son comunes las historias de fantasmas y apariciones en pueblos chicos, cementerios y algún que otro paisaje que guarda una historia trágica en su pasado. En mi condición de viajar a dedo me identifico con el mito de la dama de blanco haciendo dedo en la ruta (también conocida como La Llorona aunque sus versiones verían por toda América).

Cuenta la leyenda que si viajas por ruta a la noche y solo, puede aparecer una mujer vestida de blanco haciendo dedo a un costado del camino. Si la ignorás, unos kilómetros más adelante vuelve a materializarse haciendo dedo. Otra vez podés elegir frenar o ignorarla y seguir de largo. Si seguís de largo por segunda vez la vas a ver por el espejo retrovisor sentada en el asiento trasero del auto. 

Por un lado pienso en lo conveniente del poder de este fantasma para materializarse y avanzar varios kilómetros sin necesidad de esperar a que alguien te lleve, claro que yo lo usaría para llegar a mi destino directamente. Aunque debo admitir que pegarle ese susto a la gente que te ignora en la ruta puede ser muy divertido.

Pero también hay que estar del lado del conductor, ver a un espíritu en la ruta hay que ser valiente para frenar. Algo así debió pasar cuando viajé de Rada Tilly (Pcia Chubut) a Puerto San Julián (Pcia Santa Cruz).

420 km entre un pueblo y el otro pasando por pura estepa patagónica. Algunas localidades había en el medio pero ninguna que llamara mi atención en ese momento del viaje. Salí temprano por la mañana, cuando el sol comienza a calentar el ambiente y el viento calma sus fuerzas. Me alojaba en el camping municipal, un tanto alejado de la ruta. La encargada del complejo se ofreció a llevarme hasta la salida del pueblo. Por más corta que sea la distancia, la situación del dedo siempre se presta como una especie de confesionario, dos completos desconocidos que se cuentan intimidades de las cuales no te pueden juzgar, y si lo hacen no te importa simplemente se busca un desahogo. La historia de esta señora, cuyo nombre quedará siempre en el olvido de mi memoria, no era la excepción. Como tantas otras personas que se van a vivir al sur, escapando de la vida en la ciudad, buscando trabajo, o simplemente encontrando entre su estepa ventosa la calma que estaban necesitando. El dato llamativo para la historia de esta señora es quizás haberse escapado de la locura de Buenos Aires tras haber recibido unos disparos en un asalto en su propia casa. ¿Quién podría culparla después de semejante shock en tu vida?

Esa mañana cuando me paré en la banquina, con el sol de frente y el viento suave pero constante sobre mi rostro, me agaché para saludar a la ruta como ritual de buen augurio y con el dedo firme esperé a que alguien me levantara. Ahí es cuando comienza la conversación más fugaz que se conozca. De lejos el conductor me ve haciendo dedo y en esa fracción de segundos formula una respuesta que intenta dar a través de señas, algunas estándar como el viejo y querido “No”, unas disculpas o alguna indicación que solo están dando vueltas por la zona. Otras veces formulan una respuesta tan compleja que se traban haciendo señas tan rápido, sería como tartamudear con las manos. Me divierte imaginar lo que te están queriendo decir cuando te ven y no te levantan.

Por el sur ningún camionero me levantó y este caso no iba a ser la excepción, algunos simplemente te saludan otros pasan como si no te viesen. Hubo uno en particular que me vio y se desesperó. 

Vi asomarse por una loma al fondo un camión blanco con un acoplado largo, la cabina parecía moderna y pude distinguir el aspecto del conducator de unos 50 años con barba blanca anteojos de sol, flaco, la cara demacrada y el típico gorro con visera que parece la insignia de todo camionero. No debí ser el único mochilero que se encontró esa mañana ya que parecía estar enojado por la cara que puso, levantó las dos manos y dio repetidas señas para que “pare” (como indicando que deje de hacerle dedo). Siguió de largo y aceleró para dejar esta situación atrás. 

 -Debes estar podrido de los mochileros, pero bueno tambien podés ignorarlos y seguir de largo sin enojarte- pensé yo como una respuesta que se te ocurre tarde. Pero si ellos apenas tienen tiempo para darme alguna respuestas, yo como mucho extiendo mi mano como un saludo en señal de agradecimiento o más bien como diciendo “Todo bien, no hay problema”. 

No pasó mucho hasta que un auto llamó mi atención tocando la bocina repetidas veces, me había pasado por unos cuantos metros y frenó para llevarme. Era una chica de Caleta Olivia -Te puedo acercar hasta allá si te sirve- Me dijo con la esperanza de que acepte su oferta ya que no quería viajar sola. A mi  cualquier cantidad de kilómetros me servía, y no lo pensé ni por un segundo.

El viaje fue veloz, sobre todo porque a esta chica le gustaba la velocidad, llegamos a Caleta en tiempo récord y aún así le alcanzó para hacer su descargo sobre el trabajo en el hospital, la falta de recursos y sobre todo el hecho de que tiene que viajar dos horas casi de forma diaria para ir al trabaja. A veces me siento un poco psicólogo viajando a dedo cuando la gente descarga cosas de su vida con un perfecto extraño. Pero no me molesta, es parte del folklore viajar así. En recompensa me dio un citytour por su ciudad, como esos buses que te pasean a techo abierto, pero en este caso fue a ventana abierta. Pasamos por la costa azul del atlántico. Fueron las playas más lindas que ví en el país. Después fuimos por el centro de Caleta y vimos el Gorosito (monumento al petrolero) Pasamos por la rambla de la costanera donde se encuentran todos los bares y de ahí salimos al otro extremo de la ciudad

Me dejó a la salida de la ciudad, el lugar más conveniente para seguir haciendo dedo, me pidió que la contacte si no llegaba a conseguir otro aventón y se alejó por la ruta de regreso a Caleta y con ella también se fue de mi memoria su nombre. 

Repetí el mismo ritual que hago cada vez que me paro en la ruta sin importar cuantas veces tenga que hacer dedo en un día. Elegí el mejor lugar para esperar, saludé a la ruta en señal de buena suerte y esperé con el dedo arriba. A lo lejos se veía la curva, sobre el cerro, por la que entraban la caravana de autos y camiones a la que atacaría con el pulgar incomodando a todos y cada uno de ellos hasta que alguno se detenga para permitirme avanzar otros tantos kilómetros. La ruta pasaba entre dos colinas y ahí me pude refugiar del viento, más adelante había un camión con cubos gigantes de heno, que se los vendía a unos pocos que pasaban con camionetas. Estaba todo organizado, venían unos pocos (sabiendo que el camión estaba ahí parado), cargaban unos cuantos cubos de heno, pagaban en efectivo y se iban. Del otro lado estaba la ciudad de Caleta, la ruta hacía un curva para entrar a la ciudad y casi llegando al mar se perdía entre cerros.

Luego de un largo rato esperando, con el sol del mediodía sobre mi cabeza, se asomaba por la curva a lo lejos el camión blanco con el viejo gruñón. Desafiante, y con el mismo entusiasmo que encaro a cada auto que pasaba, le volví a mostrar mi pulgar. Al verme su desesperación se mostró aún más intensa que la primera vez, hasta pegó un pequeño salto en el asiento (Si esto fuese un cómic estaría saliendo símbolos, rayitos y líneas de la ventana).

Como un leitmotiv en esta historia una camioneta se detuvo unos cuantos metros adelante mío y me tocó bocina para llamar mi atención. Esta vez me tocó con un grupo de cazadores que estaban a la búsqueda de un guanaco en la ruta, en parte por entretenimiento, en parte para agasajar a la familia que los vinieron a visitar desde Salta. Y una vez más me adelantaron unos 100 kms a gran velocidad mientras me contaban todas sus tácticas para cazar un guanaco y las diferentes comidas que se podían hacer para aprovechar su carne al máximo.

Una hora después me bajé en Fitz Roy, el último pueblo sobre la ruta 3 antes de San Julián, aún quedaban muchos kilómetros por recorrer. Me detuve a comer unas empanadas en el bodegón del pueblo, le dí una vuelta a sus calles para marcarlo como un pin en el mapa y me acomodé en la ruta para seguir mi camino. No había una banquina muy marcada, así que el riesgo de estar expuesto a los autos era aún mayor. Pasaban como en la Fórmula 1, no tenía un buen lugar para que se detengan pero tampoco había muchos lugares para elegir. Descargué mi mochila lo más al costado que pude, repetí el ritual de saludar a la ruta y nuevamente con el dedo arriba encaré a todo vehículo que pasaba por mi lado. 

El día se tornó gris, las nubes taparon casi la totalidad del cielo y el viento comenzó a golpear con fuerza nuevamente. Por instantes parecía que iba a llover, quizás algunas gotas cayeron pero nada de qué preocuparme, solo el viento molesto que no me permitía estar quieto, es el momento que llamo “El dedo Salvaje”. La paciencia se agota rápido en esos momento y ya no dan ganas de jugar con los autos que pasan, pero aún así cuando por el horizonte vi asomarse al camión blanco de acoplado largo mi cara se transformó al instante “A este lo jodo porque lo jodo” pensé. Con el pecho inflado y el pulgar firme, lo desafié nuevamente. La tercera podría ser la vencida. En cuanto me vio bajó la velocidad, la cara se le transfiguró, parecía que iba a entrar en pánico. Me miró fijo y mientras pasaba a mi lado, sin ninguna intención de llevarme, bajó más la velocidad y comenzó a gritar, se agarró la cabeza y golpeó el volante repetidas veces. Solo podía imaginar lo que me gritaba, que se le habría cruzado por la cabeza al verme por tercera vez, además de acordarse de mi madre y toda mi ascendencia. ¿Habrá pensado que era un fantasma? Pienso que sería divertido materializarme en ese momento en el asiento del acompañante y darle el susto de su vida. Pero ahí me quedé como un reflejo en su espejo retrovisor, con la mano en alto lo saludé mientras se alejaba, sacó el brazo para seguir enfatizando su enojo, pero simplemente me quedé ahí parado esperando que alguien se anime a llevar a este fantasma que sigue parado en la ruta.

Andrés Swida, Merlo San Luis, Argentina, 2022, UnBoludosPorElMundo ®

2 thoughts to “EL Fantasma de la Ruta”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *